El nuevo álbum de la banda porteña Casco, toma canciones de David Bowie, The Rolling Stones, The Cure, EMF, The Beatles y Los Brujos y las somete a una operación de desmontaje electrónico. Más que un disco de versiones, Inversiones funciona como un ensayo sobre memoria, apropiación y transformación sonora.
Hay una diferencia sustancial entre versionar una canción y someterla a una escisión. En el primer caso, el intérprete reconoce una estructura y decide habitarla; en el segundo, la desmonta para descubrir qué ocurre cuando sus partes dejan de cumplir la función que tenían asignada. «Inversiones«, el nuevo álbum de Casco, trabaja precisamente en ese territorio.
Publicado por Casa Rara Netlabel, el disco encuentra a la banda porteña transformando canciones que forman parte del imaginario pop colectivo en objetos deliberadamente desplazados. Casco conserva suficientes rastros de los originales para activar la memoria del oyente, pero altera sus proporciones hasta volverlos reconocibles y extraños al mismo tiempo. Los sintetizadores, las cajas de ritmos, los loops y las guitarras minimalistas desplazan el centro de gravedad de las composiciones hacia una zona donde el electropop, el dark pop y la experimentación electrónica conviven sin necesidad de resolver sus contradicciones.
El resultado no busca competir con las canciones originales. Tampoco pretende demostrar que una versión puede ser “mejor” que su fuente. El interés está en otro lugar: ¿qué sucede cuando una canción conocida pierde temporalmente su contexto?
Los ritmos secuenciados proporcionan movimiento, pero alrededor de ellos se acumulan texturas ambientales, disonancias y espacios vacíos. Las canciones parecen avanzar hacia una pista de baile que constantemente cambia de iluminación. Hay algo hipnótico en los loops, pero también algo ligeramente amenazante en su repetición. La banda utiliza esa ambivalencia para modificar la carga emocional de las composiciones. El pop continúa presente (a veces incluso de manera muy evidente), pero aparece cubierto por una capa de artificialidad. Los sintetizadores funcionan tanto como instrumentos melódicos como dispositivos de distanciamiento: hacen que las canciones parezcan recordadas desde otro lugar.
Sobre la banda
Casco nació en Buenos Aires a mediados de los años 2000, cuando el pop electrónico todavía podía funcionar como una zona de fricción entre la canción tradicional y las posibilidades abiertas por la producción digital. El grupo integrado por Matías Buteler, Valeria Pérez Delgado, Nelson Collingwood y Conrado Silvela, desarrolló desde entonces una estética basada en una tensión bastante precisa: melodías accesibles atravesadas por climas fríos, secuencias electrónicas y una inclinación hacia la experimentación.
Su primer álbum, «Piropista«, producido artísticamente por Sebastián Salvador, líder de Interama, ya establecía esa lógica. Grabado en los estudios InterAlma y Casa Rara, el disco combinaba programación analógica con instrumentos acústicos y eléctricos, incluyendo flauta, saxo, guitarras y piano. Canciones como “El vendaval”, “Los días de frío” y “Massimo esséntrico” mostraban una banda interesada en expandir las posibilidades del formato pop sin abandonarlo completamente.
«Inversiones«, su nuevo trabajo se acerca más a una lógica de remezcla conceptual que a un álbum convencional de covers. Casco no se limita a cambiar timbres o velocidades. Cambia el ecosistema en el que las canciones existen.
La química entre Buteler, Pérez Delgado, Collingwood y Silvela constituye el núcleo creativo del proyecto, mientras que Sebastián Salvador vuelve a ocupar un lugar central como productor. Pero la arquitectura final del sonido introduce una particularidad poco habitual: el mastering fue trabajado a través de un diálogo entre tres ingenieros vinculados al universo analógico, Eduardo Bergallo, Mario Siperman y el propio Conrado Silvela desde Casa Rara Mastering.
Ese detalle no es menor. En un álbum construido alrededor de la transformación, incluso la etapa final del sonido parece responder a una lógica de capas y perspectivas. No hay una única instancia que determine cómo debe sonar el disco: existe, en cambio, una cadena de decisiones que termina de definir su carácter. El resultado conserva cierta fisicidad analógica dentro de una obra profundamente atravesada por la electrónica. Esa tensión entre máquina y materia, entre precisión secuencial y textura imperfecta, atraviesa buena parte del álbum.




