Después de casi 29 años, Los Fabulosos Cadillacs regresaron a Tandil. El sábado 12 de septiembre, el Anfiteatro Municipal Martín Fierro se llenó de canciones, recuerdos y un público que atravesó kilómetros para encontrarse con la banda de su vida. Una crónica desde la primera fila, entre el frío tandilense, las historias de los fans y un show que sonó con una potencia arrolladora.
La previa de un reencuentro
Hay recitales que empiezan cuando se apagan las luces. Otros, mucho antes. El de Los Fabulosos Cadillacs en Tandil empezó a las 17:30, cuando llegamos al Anfiteatro Martín Fierro junto a David Martínez, de No corras q es peor. Para quienes conocen la escena musical de Tandil, No corras fue mucho más que un programa de radio. Fue la trastienda de la cultura musical local y nacional, por cuyo micrófono pasaron y fueron entrevistados numerosos artistas, entre ellos integrantes y protagonistas de la historia de Los Fabulosos Cadillacs.
Y quién mejor que David para acompañarme en esta cobertura: fanático de la banda desde sus comienzos, con esa memoria musical que permite reconocer una canción antes de que suene la primera nota.
La tarde estaba nublada y muy fría. Menos de diez grados. El tipo de frío que se mete en las manos, en los bolsillos y en las ganas de quedarse quieto. Pero ahí, frente a la entrada, ya había cuatro o cinco personas esperando. Con el correr de los minutos comenzaron a llegar más. Primero de a poco. Después, cada vez más.
Algunos habían viajado cientos de kilómetros. Una persona había llegado en moto desde unos 400 kilómetros de distancia. Otros venían de Bragado, después de salir de madrugada, prácticamente sin dormir. También estaban esos fans solitarios que hacen kilómetros para ver a la banda de su vida, sin importar demasiado el cansancio, el clima o la distancia.
La cola empezó a crecer hasta completar la cuadra, y en esa espera, con el frío como protagonista involuntario, apareció algo que iba mucho más allá de un recital: Los Cadillacs y la memoria de varias generaciones. Fuimos charlando con la gente, entrevistando a quienes llegaban y escuchando historias de distintas edades. Había quienes habían conocido a la banda cuando tenían 12, 14 o 15 años, en aquellos años noventa en los que Fabulosos se convirtió en una presencia fundamental del rock argentino. Ahora, muchos de ellos volvían con sus hijos y algunas canas más, pero las canciones seguían ahí. Cientos de kilómetros recorridos para reencontrarse con una banda que forma parte de su historia personal. Mientras los más «nuevitos» llegaban con la emoción de verlos por primera vez.
El ambiente era familiar. No había solamente nostalgia: había ganas de compartir, de cantar, de mostrarle a otra generación aquello que alguna vez los acompañó en su propia juventud. El frío apagaba un poco los cuerpos, pero no las palabras. En cada conversación la constante era la alegría de estar ahí.
A veces, la mejor manera de entender lo que significa una banda es mirar a su público. Y esa tarde, el público de los Cadillacs contaba una historia bastante clara: las canciones habían sobrevivido al paso del tiempo.
«Vine con mi motito 110»: 400 kilómetros para ver a la banda de su vida
Entre los primeros testimonios apareció Martín, de Rafael Castillo (La Matanza), quién decidió viajar hasta Tandil en su moto 110 para verlos. Había planeado el viaje diez días antes junto a su hijo, quien le compró la entrada. Cargó sus cosas en la moto y emprendió el camino. Cuando lo encontramos, estaba alojado en un camping, contento de estar en Tandil y de volver a encontrarse con la banda que lo acompaña desde su adolescencia: “Yo tenía 13 años, terminé la escuela y cuando íbamos a bailar, ¿qué bailábamos? Los Fabulosos Cadillacs”, nos contó.
La frase resume una época: Los Cadillacs no eran solamente una banda que se escuchaba: eran parte de las salidas, de los amigos, de la juventud, de las primeras noches. Martín también recordó una experiencia que había vivido junto a Vicentico. En una presentación anterior, tuvo la suerte de subir al escenario, recibir un abrazo del cantante y hasta intentar cantar «Gitana«: “No canté porque soy un desastre”, contó entre risas.
Pero el recuerdo quedó: “Cuando escuché los retornos de Flavio, de Sergio Rotman, todo eso que explotaron, como que me asusté”, recordó sobre aquel momento. Ahora estaba en Tandil, después de recorrer cientos de kilómetros en su moto, con la misma emoción de aquel pibe que descubría a los Cadillacs.
Y como si el viaje no fuera suficiente, al día siguiente un seguidor de sus redes lo reconoció y lo invitó a comer un asado. La música, una vez más, había generado algo que va más allá del escenario.
Gustavo Raúl Gaspar: tres décadas de canciones y una historia con Tandil
Otro de los testimonios fue el de Gustavo Raúl Gaspar, llegado desde Tres Arroyos exclusivamente para el recital. Fanático de la primera ola, esperaba alguna canción sorpresa, alguna perlita, algo que no estuviera necesariamente en la lista habitual. Cuando le preguntamos cómo habían llegado Los Cadillacs a su vida, respondió con una anécdota que podría ser el comienzo de cualquier historia de amor con una banda: “La primera vez que escuché un tema de Los Cadillac fue cantado por mi hermano y me gustó. Y mi hermano cantaba muy mal”, contó, «(…) después llegó la radio. Una radio AM. El tema era Vasos vacíos. Y nada, nunca más lo dejé de escuchar. Nunca más. Ya pasaron treinta y pico de años”.
Gustavo también recordó las anteriores visitas de la banda a Tandil. La primera, en 1991, en el Club Independiente. La segunda, en 1997, en una época muy particular para Los Fabulosos Cadillacs: “Lo que más me acuerdo es que coincidió con el lanzamiento de Fabulosos Calavera, que fue un disco totalmente disruptivo para Los Cadillac”. Para él, aquel recital de 1997 estuvo marcado por las canciones de ese álbum, que definió como una etapa de música más pesada y diferente. La conversación también dejó aparecer otra parte de su historia musical: su paso por la banda La Pucha, que había grabado un demo y llegado a ocupar el primer puesto de un ranking radial.
Porque muchas veces, cuando uno entrevista a un fan, descubre que detrás de esa pasión también hay una historia de músico, de escenario, de canciones propias.
Débora y una bandera que esperó 29 años
Entre las historias más emotivas estuvo la de Débora, una fanática de Tandil que llegó al recital acompañada por su hija. Su vínculo con Los Fabulosos Cadillacs comenzó gracias a su hermano, un fanático de la banda que terminó transmitiéndole esa pasión: “Soy fanática porque mi hermano, muy fanático de Los Fabulosos, me volvió fanática. Y acá mi hija también conmigo”. En sus manos llevaba una bandera muy especial. La había hecho su hermana para el recital de 1997.
Débora tenía 12 años en aquella época y no pudo ingresar al recital. Su madre no la dejó ir porque tenía neumonía. Pero su hermano sí fue: “Me tuve que subir arriba del techo a escucharlos”, contó. Casi 29 años después, la bandera volvió a salir a la calle. Esta vez, Débora estaba adentro. Y junto a ella, su hija.
Una fila donde la edad era parte de la historia
Mientras recorríamos la cola, algo llamaba la atención: la cantidad de personas de entre 45 y 50 años que estaban esperando. David lo observó durante la cobertura. Una banda con trayectoria, con un público que había crecido junto a sus canciones: Martín, el fan de Rafael Castillo, también lo expresó desde su propia historia: “Yo soy de los viejos. Los que me conocen de esa época me dicen Ska. Los nuevos no, pero los viejos, todo Ska”. En esa frase aparecía el paso del tiempo. Los apodos, los amigos, las canciones, las épocas que quedan asociadas a una banda. Y en el Anfiteatro Martín Fierro había mucha gente que podía contar algo parecido. Los Cadillacs habían sido parte de su adolescencia. Ahora eran parte de la vida de sus hijos.
Primera fila después de la espera
Cerca de las 19:30 nos acreditamos como medio. Pudimos ingresar y acomodarnos en primera fila. La espera continuó. El frío también. El show estaba previsto para las 22hs. y, hasta que llegó ese momento, hubo que atravesar varias horas de expectativa. Pero cuando finalmente comenzó, todo ese cansancio quedó un poco más atrás.
El anfiteatro estaba colmado. La gente ocupaba cada espacio disponible, hasta arriba de las piedras. El escenario se convirtió en el centro de una noche que ya venía cargada de emoción desde la tarde. Después de casi 29 años, Los Fabulosos Cadillacs volvían a Tandil, y Tandil estaba ahí para recibirlos.
La entrada en calor de un ejercicio fabuloso
David Martínez, que siguió a la banda desde sus comienzos y estuvo a nuestro lado durante la cobertura, resumió la noche desde la memoria de un fan: “22 horas arrancaron en un anfiteatro lleno, explotado en una noche de frío. Arrancaron con «El genio del dub», un clásico de «Yo te avisé», el segundo álbum de Los Cadillacs”.
Desde el comienzo, el repertorio fue una invitación a recorrer distintas etapas de la banda. Sonaron «Carmela«, «Mi novia se cayó en un pozo ciego«, «El león«, «Los condenaditos» y una versión de «La última curda» que David destacó especialmente. Después llegaron «Matador», «Mal bicho», «Vasos vacíos» y «Yo no me sentaría en tu mesa». También hubo espacio para «CJ», «La marcha del golazo solitario», «Saco azul», «Número 2 en tu lista» entre otras canciones.
Al repertorio no le faltó nada: canciones que el público esperaba con ansiedad, otras que trajeron recuerdos y momentos en los que el anfiteatro entero se convirtió en una fiesta y dónde lo que más se repitió entre quienes estaban alrededor nuestro fue la sensación de estar viendo a una banda que había atravesado el tiempo, porque no se trataba solamente de volver a escuchar canciones conocidas. Se trataba de volver a encontrarse con una parte de la propia vida.
Los Cadillacs de los noventa estaban presentes en la memoria de muchos. Pero los Cadillacs de 2026 estaban ahí, en el escenario, con una formación capaz de sostener un show de enorme energía y un sonido que sorprendió incluso a quienes ya los habían visto en otras épocas.
Un sonido demoledor y una banda más compacta
El recital se extendió hasta cerca de la medianoche. Fueron aproximadamente dos horas de música, energía y un anfiteatro completamente entregado. La primera impresión fue contundente: un sonido demoledor.
Pero hubo algo más: la sensación compartida entre varios de los que estábamos alrededor fue que la banda sonó incluso mejor que en sus presentaciones de los años noventa; más compacta, más prolija, con una potencia que no necesitó apoyarse únicamente en la nostalgia. Estábamos frente a una banda que todavía tiene algo para decir desde el escenario.




