Mientras el mundo atraviesa crisis, guerras y tensiones sociales profundas, buena parte de la música argentina decidió refugiarse en el lugar más cómodo: su propio ombligo. El resultado es una avalancha de canciones sobre ex parejas, noches de fiesta y libertades de cartón. Mucha confesión personal, casi ninguna incomodidad al poder y un llamativo desinterés por dejar algo que trascienda la propia biografía.
Hay algo curioso (y un poco triste) en buena parte de la música actual: parece haber aprendido a convivir demasiado bien con el sistema. No lo cuestiona, no lo incomoda, no lo interpela. Apenas lo decora.
Mientras el mundo atraviesa crisis económicas, guerras culturales, tensiones políticas y transformaciones sociales profundas, una gran parte de la escena musical local decidió refugiarse en un territorio diminuto: su propio ombligo.
Las letras giran en bucle alrededor de lo mismo:
• la minita que conocieron anoche
• el flaco que los dejó
• una fiesta que dura lo que dura una story de Instagram
• un trío sexual contado con rebeldía de utilería
• libertades de cartón que terminan cuando se apagan las luces del after
En el indie la estética suele ser la de los pajaritos de colores emocionales: una melancolía elegante, íntima, prolija… y completamente inofensiva. En cierto rock, el libreto tampoco cambia demasiado: falopa, barrio, angustia, noches largas y una épica del desgaste que no propone salida alguna. No hay rebeldía ahí, por el contrario hay administración estética del desencanto, porque cantar sobre el barrio no es lo mismo que pensar el barrio, cantar sobre la depresión no es lo mismo que desafiarla, y cantar sobre la libertad no significa necesariamente entenderla.
El problema no es hablar de lo personal, el problema es quedarse atrapado ahí para siempre. La música popular que trasciende siempre tuvo algo más que confesiones íntimas. Tenía visión. Tenía conflicto. Tenía riesgo. Ahí aparecen nombres que entendieron que una canción también puede ser un gesto político, social o espiritual: John Lennon, Víctor Jara, Mano Negra, Molotov, Manu Chao, Charly García, Gustavo Cordera, Las Manos de Filippi, Enrique Bunbury y en mi ciudad Tandil Juan Olano.
No todos escribieron sobre lo mismo, pero compartían algo: no le tenían miedo a incomodar. Había canciones que molestaban al poder, aquellas que abrían preguntas o que encendían discusiones. Hoy, en cambio, abundan artistas obsesionados con su propia biografía inmediata. Canciones escritas como si fueran diarios íntimos musicalizados, pensados para durar lo que dura un algoritmo.
La industria tampoco ayuda: premia lo que no genera conflicto. La polémica vende titulares, pero la incomodidad verdadera espanta sponsors. Entonces el resultado es una escena llena de artistas correctos, sensibles, emocionalmente expresivos… y perfectamente irrelevantes para la historia.
Porque la música que queda no es la que describe una noche, es la que nombra una época. Y si la música argentina quiere volver a ser peligrosa (como lo fue tantas veces) tal vez tenga que recordar algo simple: que el arte que no incomoda a nadie generalmente tampoco cambia nada. Pero hay algo todavía más profundo detrás de todo esto, uno no viene a este mundo solamente a enfiestarse un rato ni a pasar la vida trabajando como un esclavo moderno que llega cansado a casa y se anestesia con entretenimiento descartable. La experiencia humana tiene otro horizonte: dejar una huella, una idea, una pregunta, una enseñanza. Eso es lo que vuelve inmortales a ciertos artistas. No su ego, no su estética, sino la capacidad de tocar algo que siga respirando cuando ellos ya no estén.
Las canciones que sobreviven no son las que narran una anécdota trivial de un viernes a la noche. Son las que abren una grieta en la conciencia de una época. Cuando la música se reduce a cantar banalidades (la fiesta efímera, el romance descartable, la provocación sexual vacía o la pose nihilista) el resultado es triste: artistas que pasan por el mundo como si fueran turistas del tiempo, seres que consumen aire, comida y atención durante unos años, y lo único que dejan atrás es basura cultural efímera, sin nada que inspire, que despierte o que le sirva a alguien más.
Y por supuesto como siempre, les dejo la pregunta incómoda del día (o tal vez de algo más en la línea temporal): ¿Están escribiendo canciones para llenar un algoritmo o para dejar una marca en la historia?
