Entre el juego, la nostalgia y el pop, La Taza Calva reflexiona sobre la vida adulta, el ocio y la necesidad de no perder la capacidad de asombro en un mundo cada vez más productivista.

¿Cuál es ese chispazo inicial por el cual ustedes arrancan con el proyecto?

Surge como un juego, de alguna manera, con la irrupción eufórica de los juegos de niños. Pero siempre sabiendo que para nosotros era algo serio. Desde que empezamos a hacer nuestras primeras canciones a los 11 y 9 años, tuvimos un recorrido de unos cuantos años de nada: de ensayar, de practicar, de aprender. De mucho aprendizaje, porque no tocábamos nada cuando empezamos.

Hasta que en 2015 sacamos nuestro primer disco, «Hechizos y Sueños«. De ahí fuimos lanzando otros discos: «La Esencia de la Vida«, «El Baile del Fin del Mundo«, «Colorimetría«. Y ahora este lanzamiento con Alan, que es «Vida de Adulto«. En el medio también hubo un EP que se llama «Brindis«. Así que en estos últimos diez años estuvimos muy activos en cuanto a los discos.

Sobre «Vida de adulto» es súper nostálgica. A mí me pegó fuerte, me la paso cantando. Uno está lidiando con esta vida de adulto y está bueno que puedan conectar así. La letra es muy significativa, simple, minimalista, pero con gran impacto.

A nosotros nos pasa que tenemos todo un condimento poético cada tanto. Hay discos donde fuimos más por el juego con imágenes en las letras, pero también nos gusta hablar de cosas profundas de manera sencilla, con una identificación más inmediata. Y creo que «Vida de Adulto» va por esa senda. No parte de “vamos a hacer algo que identifique a nadie”, sino de lo que a uno le sucede. En ese sentido estamos más cerca de hacer preguntas que de plantear respuestas. La pregunta es si el precio que pagamos para insertarnos en lo que se supone que es la vida adulta en la sociedad moderna no es un precio caro. No por crecer (eso está bien) sino por si ser adulto es dejar los sueños de lado, no tener tiempo para nada, estar siempre de mal humor. Quizás es un precio muy alto. Cuando uno vuelve sobre la infancia o la adolescencia, sin idealizarlas, siempre aparece algo que valía la pena: el tiempo, el juego, la libertad. En la adultez no está tan claro qué hace que valga la pena ser adulto. A veces se responde con “ganar más plata”. Está bien, no voy a criticar ganar plata, pero tiene que haber algo más: capacidad de sorpresa, de asombro, de felicidad. Eso es muy fácil perderlo hoy, con esta idea productivista de que todo tiene que estar justificado por una transacción.

Si alguien dice “me quedé en casa viendo una película”, pareciera que no está haciendo nada. Y sin embargo le gusta, le hace bien. El ocio es un tiempo muy productivo, pero es otra productividad: emocional. Hay que aprender a llevarse bien con el ocio.

Totalmente. Además hay mucha culpa asociada al no producir.

Exacto. Uno mismo se inventa responsabilidades. Y claro, puede pasar que tengas tiempo libre y no tengas ninguna pasión, o que estés tan cansado que no quieras hacer nada. Todo eso está bien. Pero el ocio es un espacio donde también ocurren ideas. Fijate que en vacaciones la gente sí se permite disfrutar, porque “se las ganó”. Hay una idea muy fuerte del sacrificio. Y al mismo tiempo todos somos más que un número: tenemos mundo interior, deseos, sueños, amor. Pero desarrollamos solo una parte, la del trabajo o la responsabilidad. Somos muchas cosas, estaría bueno desarrollar varias.

Está buenísimo que en una época con tanto mensaje vacío aparezcan canciones que propongan este tipo de reflexiones. En tres minutos dicen cosas que a veces ni siquiera nos preguntamos.

Eso es la cultura pop funcionando bien. Pop en el sentido de popular. Puede ser Beatles, Spielberg o Hitchcock. La cultura popular tiene la capacidad de resumir cosas profundas de manera accesible, yendo al hueso. Hay canciones que te dejan más preguntas que respuestas, y eso es maravilloso.

¿Cómo surge la colaboración con Alan Sutton en «Vida de Adulto«?

Habíamos compartido una fecha en 2018 y había quedado una conexión. Cuando salió «Vida de Adulto» escuchábamos la voz de Alan en la canción. Nos comunicamos y él se apropió del tema con muchísimo amor. Le puso su impronta, está en el videoclip, fue una experiencia soñada. Conectamos mucho desde lo humano y además él tiene ese estilo irónico, con humor. Hoy hay pocas letras que hablen desde la vulnerabilidad. La mayoría habla desde “qué capo que soy”, “cuánta plata gano”. Hay una desconexión enorme ahí. «Vida de Adulto» es una canción más honesta, habla de lo que nos pasa a muchos, independientemente del dinero.

Hablabas recién de pop y profundidad. Hay una confusión histórica con el pop como algo banal.

Tal cual. Lo cotidiano no es banal. Podés expresar algo profundo de manera sencilla. El pop habla fácil, pero eso no lo hace fácil de hacer. De hecho, hacer algo fácil es lo más difícil. Pasa en todos los ámbitos. Jurassic Park, por ejemplo, es cine pop perfecto, lleno de decisiones sofisticadas. Parece simple, pero está hecho por alguien que sabe exactamente lo que está haciendo.

Hacer melodías simples que funcionen no es nada fácil.

Exacto. Parece sencillo y no lo es. Hay mucho prejuicio con el hit. Como si fuera menor. Ale Sergi es uno de los mejores compositores pop argentinos de este siglo. Hacer algo accesible y honesto es dificilísimo.La melodía es lo que se te pega. A nadie se le pegan los acordes. Y un hit puede tener armonías complejas. Podés meter acordes de Bill Evans en un tema bailable. No son cosas incompatibles. Cuanto más rompés prejuicios, más se te ensancha el alma. Y con el alma más ancha, hay más espacio para crear, sorprenderte y sorprender.

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