Con más de dos décadas de trayectoria dentro de la escena musical rosarina, deManzanas se consolidó como un proyecto artístico que excede la lógica tradicional de banda para pensarse como una experiencia colectiva de producción cultural, organizada bajo principios cooperativos y atravesada por una mirada estética, política y filosófica.

Dirigido por Germán Carbajales (integrante histórico y actual responsable de sostener la visión conceptual del proyecto), deManzanas entiende la canción como una herramienta sensible para leer e intervenir sobre el presente. En esta entrevista, Carbajales reflexiona sobre la historia de la banda, su dinámica de trabajo horizontal, el vínculo entre música y pensamiento crítico, y el lugar del arte en un contexto marcado por la hiperproductividad, la precarización y la crisis de lo colectivo.

Para quienes todavía no conocen deManzanas, ¿Qué es este proyecto y cómo nace?

deManzanas nace como una necesidad de traducir la experiencia contemporánea en lenguaje sonoro. No pensamos la música solo como entretenimiento, sino como una forma de leer el presente. Surge en un contexto de hiperestimulación, fragmentación y agotamiento, y lo que intenta es transformar todo eso en canciones que funcionen como registro de época.

¿Cuál es el propósito profundo de la banda?

Hacer del silencio un ruido. Transformar en canción todo aquello que socialmente se calla, se naturaliza o se posterga. Creemos que el arte tiene la capacidad de alterar la percepción cotidiana. No para dar respuestas, sino para incomodar ciertas certezas.

¿Cómo definirías la identidad sonora de deManzanas?

Está construida desde la tensión. Nos interesa trabajar en los bordes: entre lo orgánico y lo digital, lo íntimo y lo expansivo, la melodía y el ruido. Vivimos en una época de exceso, y eso inevitablemente se filtra. Nuestra estética no intenta ordenar ese caos, sino hacerlo visible.

Sos el director del proyecto, pero hablás mucho de horizontalidad. ¿Cómo conviven esas dos cosas?

La dirección no aparece como una jerarquía tradicional, sino como una responsabilidad. Tiene que ver con el recorrido, con sostener una visión y transmitir un espíritu. Pero deManzanas se organiza como una estructura cooperativa. La idea es que el proceso creativo sea democrático, que cada integrante pueda intervenir, tensionar y expandir el proyecto.

¿Por qué pensar la banda como una cooperativa artística?

Porque la forma de producir también es un mensaje. Si queremos construir una obra profunda, no podemos hacerlo desde lógicas autoritarias o competitivas. Democratizar la producción implica distribuir la palabra, la escucha y la decisión. Y eso genera algo fundamental: pertenencia. Para nosotros, una banda también es una institución, y las buenas instituciones se construyen así.

¿Cómo es concretamente la mecánica de trabajo?

Trabajamos desde una lógica abierta y cooperativa. Muchas veces las canciones nacen de una idea, una imagen o una pregunta, pero también pueden surgir íntegramente desde la sensibilidad y la visión de cualquiera de los integrantes de deManzanas. Y eso para nosotros es importante: cuando una canción nace desde uno de los músicos, la banda asume el compromiso de respetar profundamente ese sentido original. Interpretarla como fue concebida, entendiendo su intención, su clima y su necesidad expresiva. Después, claro, la obra se enriquece en lo colectivo: cada integrante puede aportar aquello que el autor considere necesario abrir para que la canción crezca. Pero hay algo fundamental ahí: el respeto por la obra y por quien la trae. Entendemos que producir colectivamente no significa diluir una voz, sino darle espacio para expandirse. La producción no es solamente técnica: elegir un sonido, una textura o incluso un silencio también es tomar posición.

¿Qué lugar ocupan los nuevos integrantes dentro del proyecto?

Un lugar central. La identidad de deManzanas no es algo cerrado. Quien entra no viene a adaptarse a una forma, sino a discutirla, enriquecerla y expandirla. La horizontalidad implica aceptar que la visión también puede ser interpelada.

Mencionaste que la banda tiene un manifiesto. ¿Qué significa eso hoy?

Significa asumir que hay una voluntad estética, política y filosófica consciente. Nos interesa retomar esa tradición de las vanguardias del siglo XX, donde el manifiesto funciona como una declaración de principios. No como un dogma, sino como una brújula. Es una manera de no perder sentido en una época donde todo tiende a volverse inmediato y descartable.

¿Qué lugar ocupa la filosofía en el proyecto?

Un lugar importante, porque nos permite formular mejor las preguntas. Nos interesa pensar cómo el capitalismo no solo organiza el trabajo, sino también el deseo, el tiempo libre y la identidad. Ahí aparecen autores como Byung-Chul Han, Mark Fisher o Slavoj Žižek, que ayudan a leer el presente con más precisión.

¿Cómo ven hoy la industria cultural?

La industria cultural hoy está atravesada por una contradicción fuerte: nunca hubo tantas herramientas para producir arte, pero nunca fue tan desigual la posibilidad de hacerlo circular. Lo que vemos es que, muchas veces, logran mostrarse aquellos discursos que tienen capacidad material para imponer su producción, instalar su producto y sostener visibilidad. Eso genera una concentración de la voz. Y ahí aparece un problema profundo: empiezan a desaparecer los discursos rotos, las voces imperfectas, incómodas o marginales que en otras épocas lograban irrumpir y alterar el panorama cultural. Hoy pareciera que el mercado tiende a estetizarlo todo y a volverlo consumible. Y cuando el arte queda completamente subordinado a esa lógica, el artista corre el riesgo de pensarse primero como producto y recién después como sujeto creador. Ahí aparece algo que Byung-Chul Han trabaja muy bien: la autoexplotación. Esa lógica donde uno mismo internaliza la exigencia de producir, sostener presencia y rendir permanentemente.

En ese sentido, ¿sentís que hoy el sujeto se autoexplota?

Sí, y eso es algo que analiza muy bien Byung-Chul Han. Ya no hace falta una figura de control externa: uno mismo internaliza la exigencia de productividad. Eso genera sujetos agotados, que creen que todo depende exclusivamente de su rendimiento individual.

¿Qué lectura hacen del contexto social actual?

Vemos mucha precarización, no solo material sino también emocional. Se naturalizó el cansancio, la ansiedad, la competencia permanente. Y al mismo tiempo, una pérdida de lo colectivo. Eso produce una especie de soledad estructural.

¿Hay una dimensión política en deManzanas?

Sí, pero no desde la consigna. Nos interesa lo político como forma de sensibilidad. Hoy vemos el crecimiento de discursos simplificadores, de repliegue y de una cierta estética de la crueldad asociada a las nuevas derechas. Nuestra respuesta no es bajar línea, sino construir complejidad.

¿Qué buscan provocar en quien escucha?

Una interrupción. Que alguien, aunque sea por unos minutos, salga de la lógica automática del consumo. Si una canción abre una pregunta, ya hizo algo importante.

¿Creés que el arte puede transformar algo hoy?

No necesariamente en términos inmediatos, pero sí en la construcción de sensibilidad. Y eso no es menor. La forma en que percibimos el mundo condiciona lo que después somos capaces de hacer en él.

¿La música debe tomar posición?

Toda música toma posición, incluso cuando pretende ser neutral. La neutralidad también es una forma de posicionamiento.

¿Qué diferencia a deManzanas de otros proyectos?

La intención de construir obra antes que contenido. En un contexto que empuja a la inmediatez, nosotros intentamos sostener procesos, densidad y riesgo. No buscamos encajar, sino construir una identidad.

¿Qué viene ahora para la banda?

Seguir produciendo, tocar en vivo y profundizar esta búsqueda. Entendemos cada canción como parte de un mismo cuerpo narrativo. Más que temas sueltos, pensamos en capítulos de una conversación.

Si tuvieras que definir deManzanas en una sola frase, ¿cuál sería?

Una cooperativa artística con dirección conceptual, organizada alrededor de un manifiesto, que entiende a la canción como una forma de intervenir sensible y críticamente sobre la realidad.

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