En «Nacido en rojo y crecido en bordeaux«, Kaztroh construye una obra total donde música, palabra e imagen dialogan para narrar un proceso de encierro, transformación y renacimiento. Un proyecto ambicioso que marca un punto de madurez artística y reafirma el valor del álbum conceptual y del encuentro real con el público.

En este cruce de música, literatura y cine, la propuesta narra la historia de Neryceb a través de un álbum de siete canciones, una novela ilustrada y un cortometraje rodado en Rosario. Tras más de 20 años de recorrido en la escena independiente rosarina, el artista construye aquí una síntesis personal y artística, apostando a una experiencia conceptual profunda, pensada para durar y para el encuentro real con el público.

Mirando en retrospectiva, ¿cómo fue para vos el último año a nivel artístico?

Fue un año muy fuerte y significativo. Venía de una etapa de mucha experimentación, bastante libre, y este año, cuando pude terminar el disco, descubrí una identidad artística con la que hoy me siento muy cómodo y con la que quiero seguir. Me dio claridad, y eso es algo muy valioso.

¿Esa identidad ya estaba o fue apareciendo durante el proceso?

El primer objetivo era grabar un disco con Alejandro Vázquez. Yo quería trabajar con él. Ya habíamos tenido una experiencia previa y, cuando escuchó las letras y me dio el ok, su propuesta fue muy clara: yo como compositor y él armando todo lo demás.

Se armó un equipo de trabajo increíble. Tuvimos una semana completa de jornadas intensas de composición y preproducción, y a partir de las letras empezamos a pensar el disco como una obra conceptual.

El proyecto terminó siendo más que un disco. ¿Cómo se dio ese crecimiento?

En el camino me obsesioné un poco con estar a la altura del equipo humano y artístico que formaba parte del proyecto. Empecé a escribir mucho y me di cuenta de que había una historia más grande detrás del personaje.

Así se fue armando el relato, que terminó dividido en siete capítulos y también tomó forma de libro. Cuando llegué al estudio llevé el material impreso, había un concepto claro que después se tradujo musicalmente en el disco.

Hoy se habla de un regreso al álbum conceptual. ¿Cómo lo ves vos?

Creo que son válidos todos los caminos. Para mí, por cómo me crié, el disco siempre fue la obra completa. También me interesa recuperar la idea del objeto, algo físico, que no viva solamente en la nube.

Siento que hay un cansancio de lo inmediato, de lo efímero. Laburamos muchísimo para que algo dure muy poco, y eso genera cierta frustración. Por eso también respetamos tiempos más largos, incluso en el cortometraje que acompaña la obra.

¿Cómo pensaron el formato para el contexto actual?

Hoy pedirle a alguien 50 minutos de atención es un montón. Por eso el disco tiene siete canciones y dura unos 22 minutos. Sigue siendo un disco porque hay un concepto que las une, pero es más llevadero para el tiempo que vivimos. Busqué un punto medio, sin vaciar el contenido.

Como rosarino, ¿Sentís que la ciudad atraviesa tu música de alguna forma?

Totalmente. Hay algo en Rosario que se filtra en las armonías, en la poesía, en la manera de decir. El río, el puerto, la nostalgia. Incluso el concepto visual del disco nace de ahí, del rojo y negro transformado en bordó, como una evolución del personaje.

¿Cómo proyectás el 2026 con este material?

Pude armar una banda hermosa, con músicos más jóvenes, y eso me ayudó a repartir responsabilidades. En 2026 quiero salir a mostrar el proyecto, hacer fechas, girar y llevar esta experiencia a otros lugares. No es solo un recital: hay cine, literatura, ilustraciones. Es un viaje para quien viene a verlo.

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