A diez años del lanzamiento del primer EP de deManzanas, Germán Carbajales vuelve sobre preguntas que hoy parecen inevitables: qué significa hacer música en un mundo saturado de estímulos, qué lugar ocupa el cuerpo dentro de la industria cultural y qué valor conserva la palabra en tiempos de circulación permanente.

Lejos de la nostalgia, el músico observa un presente atravesado por la aceleración, el cansancio y la sobreexposición. Para él, la música ha cambiado de función: “Creo que hoy la música está más cerca del uso que de la escucha”, ya no se trata solo de arte o expresión, sino de un recurso cotidiano que acompaña rutinas, tapa silencios y regula estados emocionales: “Muchas veces no interrumpe, no pregunta, no incomoda. Funciona”, agregó.

Ese funcionamiento constante convierte a la música en paisaje. Cuando deja de incomodar o interpelar, corre el riesgo de perder su dimensión de lenguaje. Carbajales encuentra esa misma lógica en el modo en que circulan imágenes y narrativas: “imágenes, sonidos, narrativas que se superponen y te van quitando margen para pensar, para sentir por fuera de lo que ya está pautado”, retomando una idea presente en sus propias letras.

El cuerpo ocupa un lugar central dentro de ese entramado, aunque ya no como experiencia sino como superficie visible y optimizada. Según el músico, incluso la vulnerabilidad suele aparecer estetizada y lista para el consumo. “Aprendemos a mirarnos con la mirada del otro”, comentó, señalando una violencia silenciosa que se vuelve casi imperceptible por su nivel de normalización.

La música no queda afuera de esa lógica: participa cuando se subordina a la imagen, a la tendencia o al rendimiento. En paralelo, la promesa de acceso ilimitado tampoco garantiza profundidad. Carbajales observa que la abundancia muchas veces se traduce en agotamiento. “Hay una promesa constante de libertad de elección, pero esa abundancia no siempre se convierte en sentido”.

Frente a ese panorama, reivindica el error, el desvío y la fricción como espacios donde todavía puede aparecer algo genuino. Desde ahí también piensa el afecto y los vínculos, cada vez más atravesados por interfaces digitales. En ese terreno, advirtió sobre el riesgo de vaciar de contenido incluso lo más íntimo: “cuando todo se vuelve medible e intercambiable, algo se pierde”.

Para Carbajales, escribir canciones sigue siendo una forma de pensamiento. Un modo de ordenar el caos sin clausurarlo. “Una letra no tiene que convencer a nadie, pero sí puede incomodar, torcer un poco la percepción”, en ese gesto ve una dimensión política, aunque no explícita: dedicar tiempo, sostener procesos y resistir la lógica del mensaje rápido.

Ese mismo espíritu atraviesa el recorrido colectivo de deManzanas. Más que un espacio de edición musical, el proyecto funciona como un lugar de cuidado: “Sostener algo así hoy es dedicar tiempo: para escuchar, para equivocarse, para insistir”. En un contexto dominado por la ansiedad y el consumo efímero, apostar por procesos largos se vuelve una forma silenciosa de resistencia.

Hacia el cierre, Carbajales vuelve a una idea simple y profunda: la escucha. “Escuchar implica detenerse, exponerse, aceptar que algo te atraviese sin saber bien para qué sirve”, y concluyó: frente a una música pensada para circular rápido, seguir apostando por canciones que permanezcan un poco más es, tal vez, una de las pocas formas posibles de cuidar lo sensible.

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