Muchas veces escuchamos que los homenajes llegan tarde. Que no tenemos el temple, el coraje o sólo el atino de hacerlo en el momento indicado. Entiendo que ese reclamo es ahistórico, impersonal, injusto y certero a la vez. El homenaje llega cuando llega. Cuando a alguien, en la mesa de la cocina y tomando un mate, se le viene a la cabeza la necesidad de entregar un reconocimiento. ¿A qué o a quién? A la trayectoria, a la persona, a sus incidencias en vidas ajenas. Entonces, ya hay un punto para tener en consideración.

Alguien, en una cocina (o en un escritorio), sintió que sería importante celebrar a esa persona, grupo de personas, institución o lo que fuera, pues resultaron significativos para la vida de alguien. Por tanto, resulta importante aceptar los reconocimientos y homenajes.

Llegan cuando tienen que llegar. Obviamente, resulta más gratificante para la persona en cuestión, para sus amigos y familia, recibir el calor de una palabra, de un abrazo o de un agradecimiento plasmado en un papel con filetes, en vida. Pero a veces eso no nos pasa. Vivimos tiempos vertiginosos y rápidos. Casi no quedan momentos en que nos sentemos en una cocina, un escritorio o un bar a pensar en esas personas que hacen más lindo el paso terrenal. Y entonces, los homenajes llegan luego, cuando, ante la inmensidad de un vacío, de un recuerdo o de una nostalgia, sentimos la necesidad de recuperar a esa persona, a su legado, a sus gestos para con la sociedad y sus pares.

Por eso, bienvenido el homenaje y aceptado el reconocimiento. La celebración y el recuerdo con alegría de alguien que dejó una huella importante en nuestra sociedad y, en este caso, en la música local.

Intentaremos entonces ponernos en lugar de escribir sobre una trayectoria propia, sin haberla vivido íntegramente. Sabrá entender quién lea o escuche estas palabras que podemos caer en ciertos errores, huecos temporoespaciales o vacíos que podrán ser puestos en tela de juicio cuantas veces lo crean necesario.

Walter Julio Barboza (Walter, el negro, negrito, botija o cachito) nació un gélido 29 de junio en La Teja, barrio de la ciudad de Montevideo. Dato menor o no, significativo en cuestión. La temperatura del ambiente hizo que buscara calor al resguardo de los tambores, de su familia y amigos. En algún momento nos contó que jugaba al fútbol en un club del barrio. No recuerdo si era habilidoso o no. A juzgar por su sello, lo recordaremos tenaz y abocado. Bastante imaginativo y algo terrenal a la vez.

Ya de joven cruzó a Buenos Aires. En una de tantas últimas charlas nos contó que residió en el barrio de Saavedra, en Capital Federal, compartiendo una casa familiar con sus hermanos. Su vida en capital nos queda un poco lejos. Pero continuaremos con la imaginación y proyectaremos a un botija intrépido, inquieto, lleno de inquietudes y más abocado al descubrimiento de su vocación espiritual: hacer música, compartir música y andar dejando semillas.

Convocado por las hermanas Carmen y Susana Platero (también ciudadanas tandilenses, de quienes recomendamos averiguar un poco más y, por qué no, rendir homenaje), integró el elenco de un grupo de teatro musical del Teatro San Martín que tenía como objetivo un repaso artístico de la presencia y huella afro en la cultura y sociedad argentina: La Comedia Negra.

Fue justamente la participación en ese elenco la que lo llevó a recibir, de parte de Carmen y Susana, una invitación para venir a compartir sus conocimientos al Conservatorio de la ciudad.

Del primer acercamiento llegó el segundo, y de ahí la intención de instalarse definitivamente en la ciudad. Así fue como, aproximadamente en el año 1993, pasó a ser un habitante local.

El Negro formó parte de muchos espacios y grupos musicales, pero encontró en la Escuela Municipal de Música su lugar. Su espacio de pertenencia. El lugar desde el cual construir su mundo, el de quienes pasaban por allí, y el de proyectar tantos imaginarios como fuera posible.

Compartió los inicios de la escuela con quienes andaban allí sembrando también sus primeras semillas: Luis Tangorra, Jorge Torrecillas, Mario Alba, Nelson Castro, Toco Saldivar, Guillermo Althabe y tantos y tantas más que vendrán a la memoria y podrán proyectar a continuación, rindiéndole un pequeño homenaje.

Walter fue el profe de percusión en la escuela por más de 30 años. Logró trasladar la enseñanza de ritmos latinos y afros a cuanta persona sintiera la inquietud. Logró dar origen y mantener en el tiempo un proyecto que, hasta el día de hoy, presenta muy pocos antecedentes: un taller de candombe público, gratuito y abierto, dictado en el marco de una institución formal de educación musical. Taller que ya cuenta con más de 30 años.

Más de 30 años tiene también la llamada del 1º de enero de la ciudad, la que junto con Dardo Casal y Milton Trasante dieron origen en 1994, con la necesidad de convocar a la población local a celebrar la llegada de un nuevo año mediante la comunión musical y popular. Un rito hasta entonces ajeno a nuestras costumbres, que le permitía estar un poco más cerca de su tradición y devolver, en parte, la alegría y participación popular y callejera de una sociedad que había sido aplacada por años de dictadura.

El Negro sembró. Ante todo, sembró. Promotor incansable. Dibujador de mundos. Proyectador de escenarios imposibles. Sembró. Con aciertos, con errores, como cualquiera de quienes andamos por acá. Pero sembró. Hizo, contagió. Hizo que hicieran. Empujó para que hicieran.

Sonrió, apoyó, retó, enseñó. Aconsejó. Escuchó y nos hizo escuchar. Con un silencio aturdidor o con un rezongo de piano. Hizo y proyectó. En La Teja, en Tandil, en Buenos Aires. En Azul, Catamarca, Rauch, Claromecó, Corrientes o en Ayacucho. En Chaves, Tres Arroyos y Andalgalá. En el litoral, en la playa, en la pampa plana, en el cerro de Cordobita o en Villa Gaucho.

Walter anduvo, y anduvo mucho. Enseñando y compartiendo sus saberes. Nutriéndose siempre del viaje y de los nuevos escenarios y personas. Sembrando y dejándose siempre sembrar. Dejando huellas en quienes con él compartieron. Con una sonrisa, un consejo tierno o a regañadientes. Dejó huellas y recuerdos significativos para que alguien, en la mesa de una cocina o en el escritorio de una oficina, decida rendirle homenaje y dedicarle unas palabras o unos minutos de su día para traerlo a la memoria.

En Tandil hay hoy dos comparsas de candombe estables. En Azul, dos o tres. En Olavarría, una y otra en Claromecó. En Chaves y Tres Arroyos también. Todas ellas son culpa de Walter. Tuvo casi tanta presencia como el tren, y las construcciones que dejó siguen estando así de presentes y firmes. No hay mejor legado que ese. No hay recuerdo más presente que el de gente que semanalmente se reúne a compartir música, un mate, una comida o simplemente una charla, o a preguntarse cómo andan. Ese es el legado de Barboza, que se hace oír desde Tandil hasta Almafuerte, en Córdoba.

Gracias por el re-conocimiento y el homenaje. Hubiese estado muy contento de recibirlo y, probablemente, no hubiese venido. Ha sido necesario para re-mover y recuperar tanto recuerdo.

Saludos, amigos y familia de Walter.

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