El 19 de septiembre de este año, en el marco de la tercera jornada de Suena Tandil, Guillermo “Pantera” Demarco fue reconocido con un diploma por su trayectoria. El homenaje sirvió también para poner en valor una historia que se remonta a los primeros pasos del rock en la ciudad.

Con un Teatro del Fuerte colmado de emociones, la velada celebró la producción musical local y la memoria de quienes abrieron camino en épocas en que tocar no era solo un espectáculo, sino una toma de posición social.

Pantera recuerda que “la etapa inicial se remonta a mucho antes de Pro Nobis, tipo 73/74”, cuando surgió la experiencia del café rock en el Hall del Teatro Estrada. Allí, entre mesas, café y música progresiva en vivo, empezaba a gestarse un movimiento que todavía hoy vibra en la memoria de quienes lo vivieron.

De esa semilla nacieron otros proyectos: el acústico Ocaso, donde compartió escenario con Raúl Porchetto, y la continuidad de lo que Rubén Vitullo había iniciado con el Día de la Oreja en el Club Santamarina, también con música en vivo y espíritu comunitario. Aquel tiempo fue fértil en propuestas: Pro Nobis, Fara 4, la irrupción de Basura con su rock pesado, el Rabioso Rock y los primeros Tandil Pop, que ya se hacían con una organización más formal y abrían nuevos espacios para los músicos locales.

Un testimonio de esa efervescencia quedó plasmado en las páginas de El Eco de Tandil, en marzo de 1978. Allí se narraba el festival realizado en el Centro de Comerciantes de Azul, con bandas de toda la región. El jurado evaluaba sonido, ejecución y composición; entre los participantes figuraban Kristal (Balcarce), Cáscara de Maní (Olavarría), Ajenjo y Pro Nobis (ambas de Tandil). El premio mayor fue para Pro Nobis, que conquistó al jurado y al público. El diario resaltaba que el galardón era un gran aliciente para un grupo que apenas un año antes, en julio de 1977, se había presentado en Tandil junto a León Gieco.

La información proviene de un ejemplar algo deteriorado de El Eco, lo que puede dar lugar a algunas imprecisiones; aun así, el espíritu de lo narrado permanece intacto en la memoria de sus protagonistas.

Ese recorte, además, tiene para mí un valor afectivo: en esa época mi abuelo era el director del Eco y mi viejo vivía su primer año de trabajo en la imprenta, fundiendo plomo para armar las páginas del diario.

Demarco también evoca con nostalgia el desaparecido Teatro Auditorium en el Museo, “algo fenomenal que un triste político destruyó”, donde florecieron dúos, tríos y solistas. Más adentro de los años 80, la escena se tiñó de rebeldía punk con Los Enfermos Mentales, proyecto del que aún sobreviven audios caseros de baja calidad, pero que dejan huella del espíritu de la época.

Su recorrido lo llevó luego a integrar bandas como Gribido, Tren Azul y Banda en Fuga, además de incursionar en el tango como guitarrista acompañante de cantores como Piojo Hernández, Gabriel Villaverde y el Trío La Paloma.

Vos fijate que aquella época era la más difícil para andar por esos rumbos. Era un idealismo, no una ambición de ser músico o algo, sino una posición social”, afirma Pantera, poniendo en palabras la esencia de aquellos años: el rock no como espectáculo, sino como manifestación de ideas, líricas y poesía, en un Tandil que todavía era un “verdadero desierto a ese nivel”.

Su testimonio ilumina la trama cultural de la ciudad: desde los primeros experimentos colectivos hasta la consolidación de una movida que, con el tiempo, fue creciendo y multiplicando sus caras. La distinción recibida en el Suena Tandil no solo reconoce la trayectoria de Guillermo Demarco, sino que también rescata una parte vital de la memoria musical tandilense.

Porque si el presente de la música local se sostiene con entusiasmo, es gracias a esos pioneros que supieron abrir caminos, incluso en épocas difíciles. Y Pantera Demarco, con su guitarra, sus recuerdos y su coherencia, es uno de ellos.

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