Cuando intentamos formar el SADEM en Tandil, allá por 2011 o 2012, de la mano del delegado Fernando Palacio, la resistencia fue feroz. Muchos músicos, incluso algunos con años de trayectoria, reaccionaban con un rechazo casi visceral ante la idea de un sindicato.
Hablarles de obra social, derechos laborales o representación colectiva era, para ellos, como invocar al mismísimo diablo. “¿Un músico sindicalizado? Eso mata el arte”, escuchábamos.
Aquella experiencia me dejó una pregunta que aún hoy resuena: ¿A quién le conviene la imagen del músico “auténtico”, libre de toda estructura, que toca por amor y no por dinero?… Tal vez al dueño del bar o del club, que prefiere un artista que no exija cachet, ni factura, ni contrato. Un artista que, en nombre de su pureza, acepte tocar “para mostrarse”.
Detrás del mito del músico que no se vende, suele haber una economía silenciosa: la de quienes se benefician del trabajo gratuito de los demás.
La trampa del artista “puro”
En la raíz de esa resistencia subyace una vieja herencia cultural: la del romanticismo del artista maldito, ese ser inspirado e incomprendido que crea desde la pobreza porque su arte “no tiene precio”. Esa narrativa, que en el siglo XIX tuvo un sentido de rebelión contra la burguesía, se ha convertido en el siglo XXI en una trampa psicológica.
Desde la psicología profunda, esa postura puede leerse como una defensa del yo artístico. Carl Gustav Jung, en su teoría del proceso de individuación, explicaba que cada persona desarrolla una persona (una máscara social) con la que se presenta ante el mundo. En el caso del músico, esa máscara puede ser la del artista “auténtico”, el que no se contamina con el dinero ni con la gestión. Pero si esa máscara se vuelve rígida, termina ocultando al individuo completo.
Parafraseando su pensamiento, podríamos decir que el individuo no debe aspirar a ser perfecto, sino a ser completo. Esa completitud implica integrar todas las partes de uno mismo, incluso aquellas que el ego rechaza.
Cuando el músico rechaza todo lo que huela a organización, prensa o economía, en realidad puede estar negando su propia sombra: el miedo al fracaso, al juicio o a ser visto como “uno más del sistema”. Es lo que algunos autores junguianos contemporáneos describen como una defensa narcisista disfrazada de ética: proteger una imagen ideal de uno mismo (“yo soy puro, los otros son caretas”) para no enfrentarse al temor de no ser suficiente.
Como explica Daryl Sharp en Personality Types: Jung’s Model of Typology (Inner City Books, 1987), cuando el yo se identifica demasiado con la persona (esa máscara idealizada) el sujeto “pierde contacto con su totalidad psíquica” y vive atrapado en la necesidad de mantener una imagen coherente ante los demás.
Profesionalizar no es vender el alma
El problema es que esa imagen del músico “no vendido” termina funcionando como una prisión simbólica. Mientras se reivindica la libertad creativa, se renuncia a la libertad material. El resultado es paradójico: artistas que defienden la “autenticidad” mientras dependen de escenarios precarios, tocan gratis o se conforman con la visibilidad como única moneda.
Y aquí entra la dimensión económica que muchos prefieren no mirar. Los instrumentos con los que idolatramos a nuestros héroes (la guitarra de Spinetta, los teclados de Charly García, el Marshall de 100 de Pappo) no se compran con aire. Tampoco los estudios donde grabaron, las giras o los discos. Todo eso requirió gestión, contratos, managers, sellos, prensa y dinero. ¿Alguien podría decir que por eso dejaron de ser artistas? Claro que no. Pero seguimos sosteniendo culturalmente la idea de que “profesionalizarse” es una mala palabra.
Lo cierto es que el arte no se muere por profesionalizarse; se muere cuando se infantiliza. Cuando se niega a crecer y a integrarse con el mundo real. Jung diría que el verdadero proceso de maduración implica integrar las fuerzas opuestas: el espíritu creador y la materia, el ideal y el trabajo, el arte y la administración. Rechazar una parte de ese todo (en este caso, la parte práctica) es quedarse a mitad de camino del propio desarrollo.
¿A quién le sirve el mito?
En términos sociales, mantener viva la imagen del músico “bohemio y desinteresado” es funcional a quienes se benefician de su precariedad. Un trabajador que no se percibe como tal, sino como un soñador, es más fácil de explotar.
Por eso, el artista que cree defender su pureza al rechazar un sindicato o al negarse a cobrar, en realidad defiende el statu quo. No el arte, sino las condiciones que lo empobrecen.
Cuando intentamos crear el SADEM en Tandil, muchos colegas pensaban que hablar de derechos laborales era “bajar el nivel espiritual de la música”. Pero yo creo lo contrario: cuidar las condiciones del músico es cuidar el espacio donde el arte puede florecer.
El mismo Spinetta, a quien tanto citamos como símbolo de libertad creativa, fue un obsesivo de la calidad del sonido, de la organización y de la producción. Su arte no era un acto improvisado, sino una arquitectura espiritual sostenida por trabajo y estructura.
La integración posible
Jung escribió que “lo que negamos nos domina”. Si negamos el aspecto material de la música, terminamos esclavizados por él. Si lo integramos, lo transformamos en energía creativa.
Profesionalizarse no es vender el alma; es aprender a sostenerla en el mundo. El arte necesita libertad, pero también necesita estructura. Y esa estructura (sea un sindicato, un contrato, una prensa, una estrategia) no limita la inspiración: la contiene, como un marco sostiene un cuadro.
Quizás el desafío de nuestra generación de músicos no sea elegir entre pureza y mercado, sino integrar ambos polos.
Ser tan libres como Spinetta, pero tan conscientes como Cerati cuando organizaba sus giras con precisión quirúrgica.
Porque el verdadero arte no se vende: se sostiene.
