Una historia que jamás ocurrió, pero que podría haber hecho temblar los cimientos del rock nacional. ¿Qué pasaría si el mismísimo Pappo compartiera un banquete real con Wolfgang Amadeus Mozart? Spoiler: la pentatónica no salió ilesa.

Érase una vez un banquete en algún reino sin tiempo. La vajilla de oro, los mozos con pelucas blancas y los manteles tan almidonados como las partituras de Bach. En la cabecera de la mesa, el rey sonríe: a su izquierda, Pappo; a su derecha, Mozart. El menú: jabalí, vino tinto y choque cultural.

Yo hago hablar a la guitarra —dice Pappo mientras corta el jamón crudo con la misma rudeza con la que rasguea un La mayor.

¿Habla en qué idioma? —responde Mozart, sin dejar de batir su copa.

En el idioma del blues, mi amigo. Tres acordes, primera, cuarta y quinta. ¿Te suena?

Mozart frunce el ceño.

Eso no es una estructura, eso es un mensaje de paloma mensajera. ¿Dónde están las modulaciones? ¿Las inversiones? ¿Los contrapuntos?

Pappo lo mira como quien ve a un técnico que no sabe cambiar la rueda de un Torino.

Yo con eso te hago vibrar el alma. ¿Vos me hacés mover la patita con esas sinfonías?

Un violinista de la corte intenta tocar «Desconfío«. Falla. Le falta swing. Le falta mugre.

Mozart lo interrumpe:

¿Y esos solos que hacés? ¿Esa escala de cinco notas que repetís como mantra? Eso en mi época se llamaba ejercicio de principiantes.

Pappo sonríe, se limpia la boca con la servilleta y lanza:

Puede ser. Pero con eso llené más estadios que vos salones.

Mozart lo mira con una sonrisa sarcástica y sentencia:

Con todo respeto, mi estimado… conseguite un trabajo honesto.

El rey tose incómodo. La reina pregunta si alguien conoce a Yngwie Malmsteen.

Y así, entre tensiones barrocas y riffs argentos, se desata una discusión eterna: ¿Qué es música? ¿Virtuosismo o emoción? ¿Pentatónica o fuga? ¿El barro del oeste o la corte de Viena?

Quizás Mozart tenía razón. O quizás no. Lo cierto es que mientras Pappo gritaba con su viola y un par de Marshall, miles lo escuchaban como si fuera un profeta eléctrico. Y mientras tanto, Mozart seguía escribiendo sin errores, pero también sin olor a garage.

Pappo no fue Mozart. Pero Mozart tampoco fue Pappo.

Disclaimer legal: Este artículo es una obra de ficción con fines humorísticos y culturales. Los personajes históricos son utilizados en un contexto literario. Las opiniones expresadas no representan necesariamente a la revista Aquí Música. Nadie fue lastimado con pentatónicas durante la escritura de esta nota.

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